La Tierra se mueve. Nuestro planeta crece y se
transforma. Nada permanece, ¿recuerdas las palabras de Heráclito? Hace tan sólo
un rato, este pueblo quedaba por encima del nivel del mar. La tierra estaba
seca y los niños levantaban nubes de polvo jugando al balón o saltando a la
comba. Y ahora, fíjate: todo eso ha desaparecido. Se lo ha llevado la
corriente. Ya no hay niños jugando bajo el agua. Es curioso, ¿verdad que sí? Ya
no hay tierra seca ni nubes de polvo bajo el agua, aunque estaban allí hace tan
sólo un instante. Yo los he visto. Y es curioso…
Fotografía de César Cerón.
viernes, 19 de diciembre de 2014
martes, 18 de marzo de 2014
ÚTERO INFINITO
Aquel pequeño lo tenía decidido: jamás saldría de allí. Nunca nacería. Sólo flotaría en la inmensidad de aquel infinito saco de líquido amniótico. Se perdería en las oscuras aguas de su universo uterino, espacio elemental a la altura del más grande de los océanos, descendiendo hasta las oscuras fosas placentarias donde nunca llega la luz. Y así, mezclándose con las criaturas abisales que habitan en lo más profundo de los mares femeninos, sería inmortal. Porque los que no nacen, los que nunca alcanzan la superficie, tampoco pueden morir.
Fotografía de César Cerón
jueves, 6 de febrero de 2014
REALIDAD CURVA
—Mis ojos están perfectamente bien, señorita.
—Pero, ¿cómo van a estar bien? ¡Usted ve las cosas torcidas! ¿No se da cuenta?
—Pues qué quiere que le diga… Tal vez sí, lo veo todo un poco torcido, pero es que a mí me gusta ver las cosas así. ¿Qué tiene de malo? ¡Son mis ojos, al fin y al cabo! ¡Soy yo quien debería estar preocupado! Y no lo estoy. Además, ¿nunca ha pensado en lo malo que puede llegar a ser ver las cosas demasiado rectas? ¡La vida es una curva! ¿Por qué empecinarse en mirarlo todo de forma recta?
—Pero, ¿cómo van a estar bien? ¡Usted ve las cosas torcidas! ¿No se da cuenta?
—Pues qué quiere que le diga… Tal vez sí, lo veo todo un poco torcido, pero es que a mí me gusta ver las cosas así. ¿Qué tiene de malo? ¡Son mis ojos, al fin y al cabo! ¡Soy yo quien debería estar preocupado! Y no lo estoy. Además, ¿nunca ha pensado en lo malo que puede llegar a ser ver las cosas demasiado rectas? ¡La vida es una curva! ¿Por qué empecinarse en mirarlo todo de forma recta?
Fotografía de César Cerón
Texto inspirado en el poema PERSONAS CURVAS, de Jesús Lizano.
martes, 18 de junio de 2013
AIRE, VERSOS, MATERIA Y SEXO
I
El aire que respiras,
sin saberlo,
es el mismo
que alimenta
los poemas
y los sueños;
la materia prima
de los versos;
el recipiente infinito
donde se mueven
y se tocan
nuestros cuerpos.
Aire y versos.
Materia y sexo.
No habrá día,
mientras haya vida,
en que quiera
prescindir
de todos ellos.
II
Cuando
me quedo
a solas
con mis
pensamientos,
escuchando
las voces
que retumban
en mi cabeza,
saco fuerzas
de flaqueza
para escribir
tu nombre
en cada losa
y, así,
acariciando
el trazo
de cada letra,
convertir
tu ausencia
en la esperanza
de mi paciencia.
III
Sentado
sobre el suelo,
buscando
una mirada
entre las piedras,
la casa
convertida
en arena
y las calles,
y las noches,
y las cervezas,
en las paredes
de mi sala
de espera.
El aire que respiras,
sin saberlo,
es el mismo
que alimenta
los poemas
y los sueños;
la materia prima
de los versos;
el recipiente infinito
donde se mueven
y se tocan
nuestros cuerpos.
Aire y versos.
Materia y sexo.
No habrá día,
mientras haya vida,
en que quiera
prescindir
de todos ellos.
II
Cuando
me quedo
a solas
con mis
pensamientos,
escuchando
las voces
que retumban
en mi cabeza,
saco fuerzas
de flaqueza
para escribir
tu nombre
en cada losa
y, así,
acariciando
el trazo
de cada letra,
convertir
tu ausencia
en la esperanza
de mi paciencia.
III
Sentado
sobre el suelo,
buscando
una mirada
entre las piedras,
la casa
convertida
en arena
y las calles,
y las noches,
y las cervezas,
en las paredes
de mi sala
de espera.
sábado, 30 de marzo de 2013
CARICIAS Y TATUAJES
FOTOGRAFÍA: Estefanía Molina
TEXTO ORIGINAL: Publicado en el blog ENHEBRADOS. http://enhebrados.blogspot.com.es/2013/03/caricias-y-tatuajes.html
Los tatuajes se dibujan bajo la piel para que puedan verse sobre ella. Las caricias, en cambio, ocurren sobre la piel pero los dibujos que trazan sólo se ven en nuestro interior.
Los tatuajes duelen cuando llegan y, la mayoría de las veces, llegan cuando los llamamos. Pero las caricias sólo duelen cuando se van para siempre. Y se van para siempre, sin remedio, como la muerte, aunque no queramos que su marcha llegue nunca. Y es la muerte, precisamente, quien se lleva para siempre todas las caricias.
El tatuaje es, sobre todo, algo físico. Tinta, agujas, motores, piel, manos, metal… Una parte de la caricia también es física, pero la parte más importante, la que va más allá del instante en que se produce el contacto, es esencialmente inmaterial.
Cuando se trata de tatuajes, el color y la forma son muy importantes. Pero el color no importa en las caricias. Ni la forma tampoco, sin el contenido. Aún así, alguna mente deforme creerá pensar, todavía, que sólo son caricias aquellas que llevan el mismo color de su piel. Pobres imbéciles dementes… Guardemos un segundo de silencio en memoria de su capacidad para pensar y sentir como seres libres e iguales.
Tatuaje: ni la aguja ni la tinta pueden llegar hasta el corazón, sin matarlo.
Caricia: sale del corazón, llega hasta el corazón y, en ocasiones, lo mata cuando desaparece.
sábado, 23 de marzo de 2013
viernes, 28 de diciembre de 2012
UNA SENSACIÓN MUY EXTRAÑA
Aquella mañana se despertó con una sensación muy extraña: la cabeza le pesaba mucho más que de costumbre. Era como si el cráneo le hubiera aumentado de tamaño o alguien lo hubiera llenado de piedras durante la noche. Se palpó intentando localizar el problema, pero no notó nada raro. Todo aparentaba estar como siempre. Al menos, por fuera, así lo parecía.
Había tenido un sueño muy agitado y, como consecuencia, apenas había pegado ojo. Tal vez era por eso que le pesaba tanto la cabeza. Su cerebro había funcionado ininterrumpidamente durante demasiadas horas seguidas, de modo que los pensamientos y recuerdos generados durante el día no habían sido sometidos durante la noche a tratamiento alguno de organización, almacenamiento o reciclaje. En lugar de dormir y descansar, su mente, poco acostumbrada a perderse entre imaginaciones y pensamientos abstractos, había pasado la noche entera intentando escapar de una maraña de terribles e insólitas pesadillas. Había soñado cosas que nunca antes había imaginado. Horrores inteligibles cuyo origen desconocido le provocaba una angustia que no era capaz de describir. Escenas, personajes y situaciones que le dejaron entrever una parte de sí mismo que aún no conocía del todo, una zona oscura y terrible que acechaba escondida en algún rincón de su desconcertada mente: masacres, torturas, exterminio, destrucción, violencia, persecución, odio, egoísmo, miseria, crueldad, hambre, fanatismo, racismo, enfermedades, guerras, cárceles, manicomios, violaciones, extinción… Y todo cuanto soñó debería ocurrir en el interior de enormes ciudades en forma de laberinto donde una sociedad completamente enajenada y enferma se retorcía sobre sí misma en una agónica e interminable escena apocalíptica…
Los primeros rayos del sol se llevaron consigo los terribles sueños de la noche. Poco a poco, su complicada mente volvió a sentirse segura en esa realidad sensible a la que estaba tan acostumbrado. Sus ojos podían ver con claridad los cuerpos sólidos y estables que componían el universo de la materia. Al mismo tiempo, su cerebro, cada vez menos confundido, volvía a experimentar la satisfacción de ser dueño de sí mismo. Estiró los brazos hacia el techo y un profundo bostezo puso en marcha todo su cuerpo. Se levantó, miró alrededor y vio que su familia aún dormía. No quiso despertarlos, así que decidió salir a dar un paseo y tomar un poco el aire. Al llegar junto a la salida, miró desconfiado hacia el exterior. Quería estar seguro de que ninguno de los horrores de la noche había conseguido escapar de su cabeza para atraparlo durante el día. Tras contrastar dificultosamente la realidad con los sueños y comprender que nada de aquello iba a suceder, se armó de valor y salió.
El día era maravilloso. Los pájaros cantaban entre las ramas de los árboles y un nuevo amanecer se abría paso entre las sombras del bosque. La hojarasca crujía bajo sus pies y el rocío de la mañana empapaba su piel como el sudor fresco y agradable de la tierra. Vio algunas huellas y excrementos de animales nocturnos. Restos de esa vida que seguía su curso mientras su especie permanecía dormida. El murmullo del río que cruzaba aquel hermoso paraje no tardó en dejarse oír. Y, muy pronto, la dulce melodía de sus aguas lo invadió todo con un enjambre de luz y gotas brillantes. Al llegar a la orilla, se agachó sobre aquel espejo limpio y cristalino, cogió un poco de agua con sus manos y bebió repetidas veces. Cuando terminó, las ondulaciones de la superficie se fueron calmando hasta dejarle ver, en una imagen nítida y transparente, su propio rostro reflejado en la superficie.
“¡Qué alivio!”, pensó al ver su cara llena de pelo, las cejas prominentes, su frente arqueada hacia atrás en una típica forma simiesca. Tan sólo seguía siendo un homínido, un homo ergáster, casi un australopithecus, aún. Un ser capaz de proyectar en su mente algunas abstracciones sencillas, algunas herramientas que más tarde fabricaría, algunas emociones y sentimientos hacia otros miembros de su grupo. Un ser primitivo y salvaje, en el mejor de los sentidos. Una mente elemental y unas manos incapaces de llevar a cabo todo cuanto pasaba por su cerebro. Era un ser no humano que empezaba a sentir en lo más profundo de su alma, a la tenue luz de una razón incipiente, los ecos de una humanidad que algún día, dentro de mucho tiempo, cubriría con su locura toda la faz de la tierra. Pero, por suerte, aún tendrían que transcurrir casi dos millones de años para que los hijos de los nietos de sus descendientes, los homo sapiens, hicieran realidad los sueños y pesadillas de aquel fascinante hombre mono.
Fotografía de Enric Mestres
Había tenido un sueño muy agitado y, como consecuencia, apenas había pegado ojo. Tal vez era por eso que le pesaba tanto la cabeza. Su cerebro había funcionado ininterrumpidamente durante demasiadas horas seguidas, de modo que los pensamientos y recuerdos generados durante el día no habían sido sometidos durante la noche a tratamiento alguno de organización, almacenamiento o reciclaje. En lugar de dormir y descansar, su mente, poco acostumbrada a perderse entre imaginaciones y pensamientos abstractos, había pasado la noche entera intentando escapar de una maraña de terribles e insólitas pesadillas. Había soñado cosas que nunca antes había imaginado. Horrores inteligibles cuyo origen desconocido le provocaba una angustia que no era capaz de describir. Escenas, personajes y situaciones que le dejaron entrever una parte de sí mismo que aún no conocía del todo, una zona oscura y terrible que acechaba escondida en algún rincón de su desconcertada mente: masacres, torturas, exterminio, destrucción, violencia, persecución, odio, egoísmo, miseria, crueldad, hambre, fanatismo, racismo, enfermedades, guerras, cárceles, manicomios, violaciones, extinción… Y todo cuanto soñó debería ocurrir en el interior de enormes ciudades en forma de laberinto donde una sociedad completamente enajenada y enferma se retorcía sobre sí misma en una agónica e interminable escena apocalíptica…
Los primeros rayos del sol se llevaron consigo los terribles sueños de la noche. Poco a poco, su complicada mente volvió a sentirse segura en esa realidad sensible a la que estaba tan acostumbrado. Sus ojos podían ver con claridad los cuerpos sólidos y estables que componían el universo de la materia. Al mismo tiempo, su cerebro, cada vez menos confundido, volvía a experimentar la satisfacción de ser dueño de sí mismo. Estiró los brazos hacia el techo y un profundo bostezo puso en marcha todo su cuerpo. Se levantó, miró alrededor y vio que su familia aún dormía. No quiso despertarlos, así que decidió salir a dar un paseo y tomar un poco el aire. Al llegar junto a la salida, miró desconfiado hacia el exterior. Quería estar seguro de que ninguno de los horrores de la noche había conseguido escapar de su cabeza para atraparlo durante el día. Tras contrastar dificultosamente la realidad con los sueños y comprender que nada de aquello iba a suceder, se armó de valor y salió.
El día era maravilloso. Los pájaros cantaban entre las ramas de los árboles y un nuevo amanecer se abría paso entre las sombras del bosque. La hojarasca crujía bajo sus pies y el rocío de la mañana empapaba su piel como el sudor fresco y agradable de la tierra. Vio algunas huellas y excrementos de animales nocturnos. Restos de esa vida que seguía su curso mientras su especie permanecía dormida. El murmullo del río que cruzaba aquel hermoso paraje no tardó en dejarse oír. Y, muy pronto, la dulce melodía de sus aguas lo invadió todo con un enjambre de luz y gotas brillantes. Al llegar a la orilla, se agachó sobre aquel espejo limpio y cristalino, cogió un poco de agua con sus manos y bebió repetidas veces. Cuando terminó, las ondulaciones de la superficie se fueron calmando hasta dejarle ver, en una imagen nítida y transparente, su propio rostro reflejado en la superficie.
“¡Qué alivio!”, pensó al ver su cara llena de pelo, las cejas prominentes, su frente arqueada hacia atrás en una típica forma simiesca. Tan sólo seguía siendo un homínido, un homo ergáster, casi un australopithecus, aún. Un ser capaz de proyectar en su mente algunas abstracciones sencillas, algunas herramientas que más tarde fabricaría, algunas emociones y sentimientos hacia otros miembros de su grupo. Un ser primitivo y salvaje, en el mejor de los sentidos. Una mente elemental y unas manos incapaces de llevar a cabo todo cuanto pasaba por su cerebro. Era un ser no humano que empezaba a sentir en lo más profundo de su alma, a la tenue luz de una razón incipiente, los ecos de una humanidad que algún día, dentro de mucho tiempo, cubriría con su locura toda la faz de la tierra. Pero, por suerte, aún tendrían que transcurrir casi dos millones de años para que los hijos de los nietos de sus descendientes, los homo sapiens, hicieran realidad los sueños y pesadillas de aquel fascinante hombre mono.
Fotografía de Enric Mestres
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