sábado, 26 de mayo de 2012

LA LATA DE FABADA

La habitación estaba a oscuras y apestaba a sudor. Había montones de ropa esparcidos por el suelo, dos ceniceros repletos de colillas y algunas latas de cerveza vacías. También había un armario sin puertas, una mesita de madera y una ventana con cartones en lugar de cristales.

Bajo la ventana había una cama y sobre la cama dormían un hombre y una mujer. Las sábanas estaban sucias y desordenadas. Los cuerpos eran pálidos y deformes, hinchados y repletos de arrugas y de granos. Dos moscas copulaban sobre el plástico de un paquete de tabaco mientras en la calle continuaba lloviendo desde hacía tres días.

El hombre abrió los ojos y pensó en la muerte. Olfateó su propio aliento y sintió nauseas. Miró a la mujer que había estado durmiendo a su lado y pensó en estrangularla, pero no lo hizo. En lugar de eso se incorporó y se quedó sentado en la cama. Apoyó los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre las manos. Miró hacia el suelo y pudo ver una mancha de cerveza reseca y pringosa, unas bragas amarillentas y arrugadas, restos de barro y una colilla. Esas eran las cosas que daban forma a su vida. Llenó de aire los pulmones, levantó la vista hacia el frente, se pasó una mano por la nuca y se puso en pie.

Casi todos los días se despertaba con resaca. Algunas veces estaba tan hecho polvo que ni tan siquiera podía pensar. Tenía cuarenta y dos años y no trabajaba. La mujer que había en la cama tenía cincuenta y nueve años y era pensionista. Viuda de un fontanero. Era vieja pero sólo pensaba en follar. Le faltaba un buen puñado de dientes y sus tetas colgaban como dos botas de vino vacías. No se puede decir que juntos fueran felices, pero se las apañaban, más o menos. El fontanero muerto los mantenía vivos.

El hombre fue hasta el cuarto de baño, se sacó la polla y se puso a mear. Le dieron arcadas pero no vomitó. Luego salió hasta la cocina y buscó algo para comer. En la despensa había un trozo de pan duro, una caja de galletas con manchas de humedad y algunas latas de conserva: mejillones en escabeche, callos a la madrileña, albóndigas en salsa y fabada asturiana. Cogió la lata de fabada, un abrelatas y una cuchara. Se sentó a la mesa, colocó la cuchara a un lado y abrió la lata. Se asomó a su interior pero allí sólo había un puñado de piedras. Metió la cuchara, movió las piedras y se puso a rebuscar, pero no encontró nada más que eso. Ni rastro de la fabada. Entonces vació la lata sobre la mesa, fue hasta el grifo de la cocina, la llenó de agua y se la bebió de un solo trago.
Después se dio la vuelta, volvió a la habitación y se metió de nuevo en la cama. La mujer ya se había despertado. Él se tumbó boca arriba. Ella le bajó los calzoncillos y se metió la polla en la boca. Se la chupó durante un buen rato y después follaron hasta volver a quedarse dormidos.

lunes, 21 de mayo de 2012

UNA CAJA DE MADERA, UN PALO Y UN TROZO DE CUERDA

Tarde de invierno en París. Años veinte del Siglo XX. Hacía frío y las calles estaban mojadas. Había restos de nieve en las aceras, bajo las ventanas de las casas y tras los cubos de basura.
 
El joven Ernest Miller caminaba junto a su hijo, el pequeño Bumby, bajo el cielo gris de aquella gélida tarde. En una mano llevaba una caja de madera, un palo y un trozo de cuerda. Con la otra mano sujetaba al niño. Ernest era grande y fuerte. Bumby era pequeño y listo como los ratones. A Ernest le dolía la cabeza por los golpes recibidos la noche anterior en el gimnasio de Saint Germain des Prés, donde había ganado algunas monedas haciendo de sparring para tres boxeadores semiprofesionales. Bumby, en cambio, sólo sentía un poco de frío en la nariz y muchas ganas de que su padre le enseñara a hacer todas aquellas cosas que le había prometido durante la noche.

Caminaron una media hora hasta llegar a los Jardines de Luxemburgo. Se acercaron a un vendedor ambulante y compraron un poco de maíz y un poco de trigo. Pagaron y se adentraron en el parque. Árboles, flores, arbustos, fuentes heladas y esculturas de reinas que casi nadie conocía. Apenas unas pocas sombras humanas se movían por allí, despacio y en silencio. Ernest y Bumby se abrieron paso entre los árboles.
 
–Por aquí, hijo. Vamos a buscar el mejor sitio…
 
Pisaron algunos charcos, un poco de barro, nieve y hojas secas. Llegaron hasta un gran claro en la arboleda. Ernest miró a su alrededor y asintió con la cabeza.

–¡Aquí lo vamos a hacer! ¿Estás preparado, hijo?
 
–¡Sí!
 
Ernest se situó en el centro del claro. Puso la caja en el suelo y ató el trozo de cuerda al palo. Se agachó sobre la hierba y dejó allí el maíz y el trigo. Cubrió las semillas con la caja, levantó uno de sus lados y lo apoyó en el palo para mantener la estructura en esa posición. Agarró la punta de la cuerda y caminó hasta unos arbustos.
 
–Ahora tienes que estar en silencio. Tendremos que esperar un rato hasta que pique alguna…
 
Se sentaron sobre unas piedras y esperaron. Parecían dos pescadores. No tardaron mucho en aparecer las primeras presas. Llegaban agitando las alas, caminando con la cabeza erguida, observándolo todo con sus ojos de gran pez moribundo. Comenzaron a picar los granos que había esparcidos alrededor de la caja. Procuraban no acercarse demasiado. Parecían saber lo que les esperaba. Pero cuando ya se habían comido todo lo que había alrededor, su golosina las empujó hasta el montoncito que había debajo del cajón y… ¡zas! Ernest tiró con fuerza de la cuerda, el palo se movió y la caja cayó sobre una de las palomas. El animal quedó atrapado y Bumby empezó a dar palmas y saltos de alegría. Ernest se acercó hasta la caja. Introdujo su mano por debajo y agarró al animal.

–Mira hijo, hay que hacerlo así. Tiene que ser rápido para que el animal no sufra demasiado… Con una mano la coges por el cuello y con la otra sujetas su cuerpo. Con fuerza. Cuando la tengas bien agarrada, giras su cabeza hasta darle una vuelta casi entera.
 
Sonó un chasquido…
 
–¿Ves? Ya está.
 
El animal cerró los ojos, dejó de respirar y su corazón se paró de golpe. Ernest ofreció el cuerpo a Bumby. El niño cogió a la paloma muerta con sus pequeñas manos y la apoyó sobre su pecho. La miró y pensó que, tal vez, no era aquello lo que realmente había esperado ver. Aún así, seguía estando contento y con ganas de aprender más cosas.
 
–Ahora cogeremos otras dos…
 
Repitieron la operación. Atraparon a otras dos y regresaron a casa.
 
Llegaron al edificio y atravesaron el portal. Treparon por las escaleras de su humilde piso hasta alcanzar la puerta. La abrieron y entraron. La mujer, madre y esposa, estaba sentada junto a una ventana.
 
–¡Mira lo que te hemos traído!
 
Ernest mostró las tres palomas a su mujer.
 
–Pero, ¿de dónde habéis sacado eso?
 
–Lo hemos cazado entre tu hijo y yo, ¿verdad que sí, Bumby?
 
El niño miró a su madre, se llevó las manos a la cabeza y sonrió.
 
–Y ahora vamos a cocinarlas…
 
Ernest y Bumby entraron en la cocina. Ernest calentó agua en una olla, metió dentro a las palomas y se sirvió un vaso de vino tinto.

–Hay que esperar a que la piel y las plumas se pongan blandas. Después las sacaremos del agua y tú me ayudarás a desplumarlas hasta que queden tan peladas como una naranja.
 
Ernest dejó el vaso sobre la mesa y se sentó en una de las sillas. Mientras los sabores y los aromas de la Rioja bajaban por su garganta, puso al niño sobre sus rodillas y dejó que su consciencia se mezclara con sus sueños. Pensó que algún día, tal vez, llegaría a ser escritor. Sus relatos serían reconocidos por la crítica internacional y sus obras se traducirían a todos los idiomas. Algún día, tal vez, se convertiría en una figura imprescindible de la literatura universal. Escribiría grandes novelas y se ganaría un hueco entre los mejores. Quizá nunca ganaría el Premio Pulitzer o el Nobel por escribir un cuento sobre pescadores cubanos o por toda una vida dedicada a las letras, pero eso, en aquel momento, no le importaba. Era feliz en París. Es más: todo aquello, en ocasiones, le parecía una fiesta… Tenía una máquina de escribir, un buen puñado de ideas y un nombre interesante: Ernest Miller Hemingway. No había duda de que aquel era un nombre de escritor.

Sacó a las palomas de la olla y las introdujo en agua fría.

–Venga, vamos a pelarlas. Después les cortaremos la cabeza, les sacaremos las entrañas y prepararemos un estofado que no vas a olvidar en toda tu vida.

lunes, 7 de mayo de 2012

UNA DECISIÓN IMPORTANTE

Se abre el telón. El comedor de una casa de clase alta. Sentados a la mesa están el PADRE, la MADRE y el HIJO. Comen en silencio. Junto a uno de los ventanales que dan al jardín y a la piscina, una NIÑA CON CABEZA DE PULPO intenta resolver un cubo de Rubik mientras emite guturales sonidos marinados. 

PADRE: ¿Qué tal te va en la universidad, hijo? ¿Ya has pensado lo que quieres hacer cuando termines la carrera?

HIJO: Bueno, pues… veréis, por ahora estoy barajando un par de opciones que me parecen interesantes. La primera seguro que os encanta, aunque, claro, tendríamos que hablar antes del tema del dinero…

PADRE: Sabes que eso no es un problema para nosotros, siempre y cuando me guste lo que me propones. Habla y te contestaré después.

HIJO: Me gustaría estudiar un master en Marketing empresarial, asesoramiento comercial y gestión de la esclavitud moderna en multinacionales y grandes empresas.

PADRE: Me parece una idea estupenda. Sigue contando…

HIJO: El master que quiero hacer se imparte en la Universidad de Harvard, en EEUU. El precio ronda los 60.000 € más gastos de alojamiento, comida y demás. Haría el master en dos años. Imagino que los criterios de admisión dependerán de varios factores, contactos e influencias, sobre todo. Y las notas, claro.

PADRE: Por esos detalles no tienes que preocuparte. Ya sabes que tenemos muy buenos contactos, de manera que podrás hacer el master que quieras en la universidad que elijas.

NIÑA CON CABEZA DE PULPO: Glub glub… glub glub… ggglllnnnrrr…

Breve silencio. Bebieron de sus copas, picotearon en sus platos y continuaron hablando.

MADRE: ¿Y la otra opción? ¿De qué se trata?

HIJO: Bueno, quizá sea la opción más sencilla. Al menos seguro que es la opción con una salida más inmediata. Pero es un tema bastante más delicado que el anterior, más bohemio y romántico, algo que estaría orientado más bien a satisfacer ese impulso artístico y creativo que tengo desde niño… Algo subversivo y rebelde. No tiene nada que ver con los negocios o la empresa, por supuesto, nada que ver… La verdad, no sé cómo os lo vais a tomar…

MADRE: Cuéntanoslo. Por ahora no tenemos ni la menor idea de qué nos estás hablando, aunque lo que acabo de escuchar no me suena nada bien. Creo que vas a soltar alguna de esas ideas descabelladas que te vienen a la cabeza cada cierto tiempo.

HIJO: Sólo espero que no os parezca una tontería. Si finalmente me decido por esta segunda opción, me gustaría contar con vuestro apoyo.

PADRE: Habla.

HIJO: Llevo tiempo dándole vueltas a esta idea. Se trata de crear una nueva concepción del arte, algo tan radical que comprometa incluso la vida del artista. Una dimensión creativa que nadie ha explorado nunca. Abrir nuevos senderos para un arte de vida y de muerte. Toda la energía y la materia del individuo puestas al servicio de su creación, de manera que la criatura y el creador terminen fundiéndose en una misma sustancia. Una experiencia tan innovadora que mi nombre se recordará para siempre. Una única obra, primera y última, será suficiente para cambiar de manera irreversible el curso de la historia del arte… La idea es tan sencilla que a veces pienso que es imposible que no se le haya ocurrido a nadie antes que a mí. Además, el éxito y la fama estarían asegurados.

PADRE: Eso último sí me gusta…

HIJO: Lo primero que tendría que hacer es viajar a París y pasar allí una o dos semanas, comiendo y bebiendo en los mejores restaurantes, para buscar la inspiración y armarme de valor, porque lo voy a necesitar. Esto costaría mucho menos que lo de Harvard, está claro, aunque también conllevaría sus gastos. Durante todo ese tiempo no me ducharía, no me afeitaría y no me cambiaría de ropa. El objetivo de este proceso consiste en tomar la apariencia de un auténtico artista bohemio y marginal, aunque nosotros sabemos que realmente seguiría viviendo como un marqués. Lo importante es aparentar, no ser… Una vez transcurrido ese período, daría comienzo la fase definitiva. Primero, llenaría cientos de globos de agua con pintura de diferentes colores. Después los cosería a mi ropa, por fuera y por dentro, convirtiéndome en una gran bola humana abultada y deforme. Luego subiría hasta lo más alto de la Torre Eiffel y, tras leer en público un haiku sobre garzas y lagunas al atardecer, tomaría impulso para saltar al vacío dando volteretas en el aire y gritando “¡Todo mi reino por un estofado!”. Llegados a esta fase ya no habría vuelta atrás… ¿Os imagináis el final? Al llegar al suelo, estamparía mi cuerpo sobre un hermoso mural donde la sangre y la pintura se mezclarían adquiriendo tonos y contrastes jamás imaginados. Toda la creatividad del artista saliendo al exterior de una sola vez. Arte y ser… Impresionante… He oído que, tras un golpe como ese, la masa encefálica y algunas vísceras suelen esparcirse alrededor del cuerpo adquiriendo formas muy caprichosas y elegantes, de manera que mi mural tendría también un poco de altorrelieve.

Silencio. El PADRE bebe de su copa, cruza las manos sobre la mesa y mira fijamente
al HIJO.

PADRE: Hijo, el suicidio es una opción respetabilísima. Me parecería bien que lo hicieras y tendrías todo mi apoyo. Y el de tu madre, creo…

MADRE: Por supuesto, claro que te apoyaríamos. Eres nuestro hijo y apoyamos tus decisiones.

PADRE: Tal vez esa es la mejor opción de todas: la suspensión voluntaria del Ser. Puede que nosotros, de haber tenido el valor necesario, lo hubiéramos hecho hace mucho tiempo. Posiblemente habría sido lo mejor para todos: para nosotros, para vosotros, para la gente que nos rodea… para toda la humanidad, incluso.

MADRE: No seas tan egocéntrico, ególatra y megalómano. ¡Nunca hemos sido tan importantes como para que nuestros destinos individuales pudieran afectar a tanta gente!

PADRE: Puede ser, pero no me discutirás que habría sido lo mejor para nosotros y para nuestros hijos.

MADRE: No, eso no te lo discuto.

PADRE: Pues bien, el suicidio también es una buena opción. Tanto lo del master como esto otro me parecen grandes ideas… ¡Enhorabuena, hijo! ¡Eres un genio! ¡Tienes grandes planes de futuro! Pero… hay un problema en las formas, a pesar de que el contenido sea correcto.

HIJO: ¿Cuál sería el problema?

PADRE: Verás, hijo, tal y como lo describes, tu suicidio sería una payasada digna de cualquier perroflauta izquierdoso. Arte, globos de colores, ropa sucia, barba, poesía japonesa… Esas cosas no son para nosotros. No somos vagabundos ni pordioseros. No somos unos muertos de hambre. Somos gente de buena posición y las apariencias, en nuestro entorno y después del dinero, son lo más importante. Tú mismo lo has dicho: importa aparentar, no ser. Lo que debes hacer es vestirte correctamente, con tu mejor traje y tu mejor corbata, como si fueras a cerrar el negocio de tu vida; afeitarte y cortarte el pelo, peinarlo y engominarlo, que el viento no pueda despeinarte; aparentar ser lo que eres, un triunfador, alguien que está muy por encima de los demás porque no conoce la mediocridad; llenar tu cartera de dinero, tarjetas de crédito, cheques… y, entonces sí, sólo si es lo que quieres, saltar al vacío. Ese sí es un buen suicidio. El disparo en la sien es mucho más elegante, pero… se trata de tu decisión y de tu futuro, así que tú eliges. Si quieres escribir algo puedes dejar alguna nota en el hotel o enviar una carta a tus allegados, pero nada de escribir poesías. ¿Acaso eres un juglar o un saltimbanqui?

MADRE: Tu padre tiene toda la razón. No somos hippies ni gentuza. Suicidarse de esa manera es de… ¡negros o moros o gitanos! ¡De pobres! ¡Ay, no sé, de lo que sea, pero es... raro! Si haces algo, hazlo bien, con estilo, como dice tu padre. Como corresponde a alguien de nuestra posición.

NIÑA CON CABEZA DE PULPO: Glb glb glb… ggggggrrrrrrrllllllllllllllllllllll. Miradme, he descifrado el enigma: al fin he conseguido formar el cubo.

Todos miran a la niña y aplauden en silencio.

PADRE: ¡Vale, vale, ya está bien! Esto no es un partido de fútbol. Os estáis comportando como auténticos hooligans, ¡qué vergüenza, por Dios!

Se cierra el telón.

miércoles, 2 de mayo de 2012

EL HOMBRE QUE FUE MADRE

Alberto acababa de ser madre. A pesar de su condición masculina, había conseguido dar a luz a una pequeña y hermosa criatura. Tal vez su mujer no lo entendería, sus padres no lo aceptarían y sus hermanos, una vez más, dirían que estaba loco o borracho. Pero, a él, nada de eso le importaba.

Con los ojos llenos de ternura, Alberto miró al neonato desde arriba y tuvo el impulso de abrazarlo. Quiso cogerlo entre sus brazos y apretarlo con fuerza contra su cuerpo; besar su piel oscura y susurrarle al oído palabras de cariño; sentir aquellos labios succionando los pezones de su pecho musculoso… Pero el pequeño nunca empezó a respirar. Tan sólo había sido otro aborto, tan triste y deforme como los demás.

Alberto se levantó de la taza, se subió los calzoncillos y miró al pequeño por última vez. Con un leve gesto de su mano, tiró de la cadena y contempló a la hermosa criatura girando en el agua hasta desaparecer en la oscuridad del sumidero. Le deseó el mejor de los viajes y el más brillante de los futuros con la esperanza de que, algún día, las lechugas y los tomates de cualquier ensalada nacerían en una tierra abonada con los restos de su recién fallecido vástago.